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nº 5 noviembre 2006
   
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Educar


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Educar las conductas agresivas de los hijos (II)

 

PRIMERA PARTE: LA EXPLOSION EXTERNA DE LA AGRESIVIDAD.

Por circunstancias muy diversas, todos explotamos: un enfado, una pelea, una discusión... cualquier estallido de agresividad.
Supongamos, por ejemplo, que nuestro hijo grita, llora, contesta, se pelea, desobedece. ..
Pues bien, por lo general, el padre o la madre también le gritan, le contestan, le riñen... Es decir, responden a la acción de los hijos, reaccionando de inmediato, aplicando, aún sin tenerlo en cuenta, el principio acción-reacción.
Es la manera más común de actuar ante las explosiones de los hijos: explotando también nosotros. De esta forma, muchas veces lo que sucede es que se dan dos explosiones seguidas,
y se entiende que sea así porque las explosiones son muy molestas y muy dificiles de aguantar y de encajar.
Además, con esa forma de actuar, parece que las dos partes se sienten bien: los padres logran que su hijo deje de alborotar, de gritar, de fastidiar... y el hijo consigue ser el centro de atención. ¡Todos contentos!.
Parece una buena solución, pero lo es sólo en apariencia porque:
Los hijos aprenden cómo hacerse el centro del mundo, y aprenden, además, que cuanto mayor sea la explosión, mayor y más rápida es la reacción de atención, con lo que acaban aprendiendo a hacer sus caprichos.
Los padres, por su parte, aprenden el camino rápido para cortar las explosiones de sus hijos, respondiendo con rapidez, sin dejar pasar unos segundos siquiera: se corta... ya otra cosa.

Sin embargo, lo que se genera de esta forma es un círculo vicioso.
La trampa está en que los padres deben repetir lo mismo una y otra vez porque los hijos también lo repiten.

Cuanto más nos habituemos a resolver los conflictos de los hijos de esta forma acción-reacción, más nos costará romper su dinámica, y más grande se hará la distancia que nos separa de una comunicación verdadera y de un acompañamiento educativo positivo.
Hay padres que han aplicado tantas veces el principio acción-reacción que, por una parte lo consideran ineficaz y hasta generador de hartura, pero por otra, piensan que es el único posible.
Pues bien, lo primero que necesitan estos padres para afrontar un problema de agresividad en el que se ven implicados -caso de las explosiones de los hijos-, es tener confianza en ellos mismos, y sentirse capaces y dispuestos a superar el principio acción-reacción en el que incluso han sido educados ellos mismos.

A. ¿Cómo solemos reaccionar ante las explosiones de agresividad de los hijos?

Intentando cortarlas cuanto antes, y solemos hacerlo:

1. Con reacciones primarias.

Es la respuesta más simple, inmediata y socorrida, y que muchos la emplean con mayor o menor frecuencia; sin embargo, tiene sus inconvenientes si se hace de forma compulsiva: me refiero al uso frecuente de los gritos, los ¡ Ya basta!... ¡Se acabó!... ¡He dicho que no!...
Estas reacciones si son intensas y manifestadas a voces, son capaces de frenar cualquier acción de los hijos, al menos durante unos segundos. Su eficacia posterior es nula porque no propone nada. Simplemente corta y aplaza.
Y, aunque sabemos de su ineficacia más allá de unos segundos, la solemos usar con mucha frecuencia.
Como educadores deberíamos corregir este aprendizaje de reaccionar inmediatamente ante la agresión de los hijos porque parece inofensiva, pero a la larga es perjudicial.
Es cierto que hay cosas que merecen un no, y punto. Pero, no desde la reacción.

2. Con castigos.

Las palabras hirientes, los encierros en la habitación, los castigos en general, suelen ser una pobre respuesta de los adultos, y muchas veces, una explosión de nuestro nUlo interior irritado ante la explosión de los hijos que nos molestan.
Poner castigos a impulsos de los estados de ánimo suele tener corto alcance, y sirve más de desahogo de los adultos que de modificación de la conducta. de los hijos, en primer lugar porque de esa forma es muy poco probable que logremos su colaboración para cambiar en positivo.
¿De verdad que cuando castigamos a los hijos es sólo para que cambien de conducta?
¿Seguro que no es también porque ya estamos molestos por otras razones o con otras personas... y nos hartan (nos dejamos hartar) y explotamos con un castigo? .

3. Con chantajes afectivos.

El chantaje afectivo ante una explosión de agresividad es una mentira camuflada bajo apariencia atractiva, con el fin de que los hijos vayan al terreno deseado por los padres... ¡y piquen!: se promete para conseguir.
Si dejas de... te compraré... iremos a... Pero tú ahora deja de... y ponte a... ¡Cuidado con estas promesas, porque los hijos son maestros en este tipo de
transacciones y tienen, además, muy buena memoria!. E
l chantaje afectivo es un camino escurridizo porque está fuera de lo razonable y metido de lleno en lo emocional. A veces, lo que logramos es enseñarles cómo tienen que actuar si quieren lograr algo de nosotros.

B. ¿Cómo podíamos intervenir mejor, en el momento. de la explosión agresiva de los hijos?

Tengamos en cuenta como reflexión previa que los conflictos son inevitables, y no se resuelven atendiendo una de las dos partes en conflicto y machacando la otra.
Tenemos un conflicto cuando chocan dos realidades valiosas, que son contrarias entre sí para realizar al mismo tiempo.
Por ejemplo, tenemos un conflicto cuando:

Los caprichos chocan con las normas.
El individualismo choca con la convivencia.
Las apetencias, con las prohibiciones.
La comodidad, con el esfuerzo.
Los deseos, con las renuncias.
La independencia, con la obediencia.
El gusto, con el aplazamiento.
El principio placer choca con el principio deber, y surge el conflicto.
Son realidades que, como otras muchas, no se llevan bien, y nos crean conflicto.

Por eso, la superación del principio acción-reacción se va consiguiendo mejor a base de tejer contrarios negociando cómo hacerlo y en qué momento y con qué prioridad, que pretendiendo cortar los conflictos imponiendo o machacando uno de los elementos en conflicto.

Algunas estrategias para intervenir ante una explosión de agresividad de los hijos.

PRIMERO: Mantener la calma.

Si los gritos, peleas, lloros, ruidos, malos modos, desobediencia... de los hijos se apoderan de nosotros, estamos perdidos porque se alborotan nuestros sentimientos y nos quedamos muy mal dispuestos para responder.
Por eso, cuando nos desborda una explosión de agresividad de los hijos, en lugar de estallar, comencemos a contar despacio: uno, dos...
La única excepción a esta regla es si peligra la integridad física de las personas.

SEGUNDO: Tener claro de quién es este problema o esta explosión.

Tras la calma, lo primero que hay que preguntarse no es : - Cuál es el problema que tengo que solucionar ahora. Eso debe plantearse después.
Hay que comenzar preguntándose: - De quién es este problema; a quién corresponde este problema.
Según sea la respuesta a este pregunta será la intervención.
Si el problema que han creado otros nos lo apropiamos nosotros, pensaremos que somos nosotros quienes debemos cargar con el problema.
Si lo hemos creado nosotros, debemos resolverlo nosotros. Pero, si el problema lo han creado los hijos, lo deben resolver ellos, aunque nosotros seamos sus acompañantes y árbitros. Para eso hay que evitar ser parte del problema.

Esta actitud educativa puede que no tenga un efecto tan inmediato como si lo resolviéramos nosotros por el camino corto -como hemos visto anteriormente-, pero el aprendizaje es más duradero y positivo.

Si los hijos se pelean, es un asunto suyo. Nosotros somos intermediarios.
Si nuestro hijo tiene una explosión de ira, la explosión es suya. Nosotros somos moderadores.
Si el hijo ha desobedecido, la desobediencia es suya. Nosotros somos sus acompañantes educativos.
Si el hijo suspende, el suspenso es suyo. Nosotros somos quienes vamos a ayudarle a superarse.

Ver las cosas desde fuera, es verlas con otra perspectiva y contar con un abanico más amplio de estrategias para intervenir de forma más serena que si quedamos atrapados en el conflicto.
Acercarnos a la fuente de las agresiones con más serenidad y menos implicados, nos posibilita una mejor escucha para atender mejor a quienes forman parte del conflicto.
Tengamos en cuenta que los hijos son grandes expertos en crear problemas, sobre todo cuando saben por experiencia que se los vamos a resolver nosotros.

TERCERO: Mantener el contacto con el hijo buscando su sinceridad, al mismo tiempo que indagamos cuál es el problema.

Para esto suele ser útil:

1. Mirarles a los ojos poniendo nuestra mirada a la misma altura que la suya; es decir, buscando el encuentro de su mirada con la nuestra.
El contacto visual acentúa su atención y busca la sinceridad.
Entonces, podemos captar mucho mejor lo que realmente pasa, y ellos pueden darse cuenta de si nosotros nos creemos o no lo que nos dicen.
También vale mucho el silencio marco: unos segundos de mirada fija y en silencio.

2. Acogerlos.
Nuestra postura corporal y nuestros gestos han de reflejar sintonía con los hijos.
Si deseamos que se controlen no 10 lograremos con ademanes autoritarios y con expresiones rígidas. Será mucho mejor aproximamos a ellos con ademanes afectivos.
Su respiración nos servirá de pauta indicadora de su excitación o de su calma.

3. Bajar el tono de la voz.
El tono de nuestra voz es importante.
Es posible que los hijos estén tan alterados que no nos escuchen, pero si nos ponemos a hablar en su volumen de voz, corremos el riesgos de perder los nervios y complicarlo todo.
Pongamos un tiempo por medio, hagamos respiraciones prolongadas e intentemos hablar en tono más bien bajo.
En esos momentos hablemos poco, con palabras claras y sosegadas... comenzando a preguntar qué ha pasado.

4. Actuar con firmeza, seguridad y decisión. La falta de firmeza en los padres estimula las excusas de los hijos para alargar sus explosiones y más en esos momentos. Tampoco hay que dar muchas explicaciones ni hacer consideraciones teóricas hasta que no se inicia la calma.

5. Siempre que sea necesario poner limites y exigir un comportamiento adecuado.

QUÉ APRENDEMOS DE LA EXPLOSIÓN DE LA AGRESIVIDAD.

Pues, podemos aprender que para poder comunicamos bien con los hijos después de un conflicto tenemos que tener antes relaciones de empatía con ellos.
Es decir, que tengan la seguridad de que estamos con ellos, no contra ellos; que no se sientan juzgados con juicios de eres bueno, eres malo...
y dejarles siempre claro que les queremos a pesar de la agresividad o de las conductas que tengan, que les valoramos por 10 que son, más que por determinados actos. Para ello, hemos de estar serenos, con poca tensión interior y, desde luego, ninguna exterior

 


 

 

 

 

 

 

 

 

     
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