|
|
Educar
las conductas agresivas de los hijos (II)
PRIMERA
PARTE: LA EXPLOSION EXTERNA DE LA AGRESIVIDAD.
Por
circunstancias muy diversas, todos explotamos: un enfado, una pelea,
una discusión... cualquier estallido de agresividad.
Supongamos,
por ejemplo, que nuestro hijo grita, llora, contesta, se pelea, desobedece.
..
Pues bien, por lo general, el padre o la madre también le gritan,
le contestan, le riñen... Es decir, responden a la acción
de los hijos, reaccionando de inmediato, aplicando, aún sin tenerlo
en cuenta, el principio acción-reacción.
Es la manera más común de actuar ante las explosiones
de los hijos: explotando también nosotros. De esta forma, muchas
veces lo que sucede es que se dan dos explosiones seguidas, y
se entiende que sea así porque las explosiones son muy molestas
y muy dificiles de aguantar y de encajar.
Además,
con esa forma de actuar, parece que las dos partes se sienten bien:
los padres logran que su hijo deje de alborotar, de gritar, de fastidiar...
y el hijo consigue ser el centro de atención. ¡Todos contentos!.
Parece
una buena solución, pero lo es sólo en apariencia porque:
Los hijos aprenden cómo hacerse el centro del mundo, y aprenden,
además, que cuanto mayor sea la explosión, mayor y más
rápida es la reacción de atención, con lo que acaban
aprendiendo a hacer sus caprichos.
Los padres, por su parte, aprenden el camino rápido para cortar
las explosiones de sus hijos, respondiendo con rapidez, sin dejar pasar
unos segundos siquiera: se corta... ya otra cosa.
Sin
embargo, lo que se genera de esta forma es un círculo vicioso.
La trampa está en que los padres deben repetir lo mismo una y
otra vez porque los hijos también lo repiten.
Cuanto más
nos habituemos a resolver los conflictos de los hijos de esta forma
acción-reacción, más nos costará romper
su dinámica, y más grande se hará la distancia
que nos separa de una comunicación verdadera y de un acompañamiento
educativo positivo.
Hay
padres que han aplicado tantas veces el principio acción-reacción
que, por una parte lo consideran ineficaz y hasta generador de hartura,
pero por otra, piensan que es el único posible.
Pues bien, lo primero que necesitan estos padres para afrontar un problema
de agresividad en el que se ven implicados -caso de las explosiones
de los hijos-, es tener confianza en ellos mismos, y sentirse capaces
y dispuestos a superar el principio acción-reacción en
el que incluso han sido educados ellos mismos.
A. ¿Cómo solemos reaccionar
ante las explosiones de agresividad de los hijos?
Intentando cortarlas cuanto antes, y solemos hacerlo:
1.
Con reacciones primarias.
Es
la respuesta más simple, inmediata y socorrida, y que muchos
la emplean con mayor o menor frecuencia; sin embargo, tiene sus inconvenientes
si se hace de forma compulsiva: me refiero al uso frecuente de los gritos,
los ¡ Ya basta!... ¡Se acabó!... ¡He dicho
que no!...
Estas reacciones si son intensas y manifestadas a voces, son capaces
de frenar cualquier acción de los hijos, al menos durante unos
segundos. Su eficacia posterior es nula porque no propone nada. Simplemente
corta y aplaza.
Y, aunque sabemos de su ineficacia más allá de unos segundos,
la solemos usar con mucha frecuencia.
Como educadores deberíamos corregir este aprendizaje de reaccionar
inmediatamente ante la agresión de los hijos porque parece inofensiva,
pero a la larga es perjudicial.
Es cierto que hay cosas que merecen un no, y punto. Pero, no desde la
reacción.
2.
Con castigos.
Las
palabras hirientes, los encierros en la habitación, los castigos
en general, suelen ser una pobre respuesta de los adultos, y muchas
veces, una explosión de nuestro nUlo interior irritado ante la
explosión de los hijos que nos molestan.
Poner
castigos a impulsos de los estados de ánimo suele tener corto
alcance, y sirve más de desahogo de los adultos que de modificación
de la conducta. de los hijos, en primer lugar porque de esa forma es
muy poco probable que logremos su colaboración para cambiar en
positivo.
¿De
verdad que cuando castigamos a los hijos es sólo para que cambien
de conducta?
¿Seguro que no es también porque ya estamos molestos por
otras razones o con otras personas... y nos hartan (nos dejamos hartar)
y explotamos con un castigo? .
3.
Con chantajes afectivos.
El
chantaje afectivo ante una explosión de agresividad es una mentira
camuflada bajo apariencia atractiva, con el fin de que los hijos vayan
al terreno deseado por los padres... ¡y piquen!: se promete para
conseguir.
Si
dejas de... te compraré... iremos a... Pero tú ahora deja
de... y ponte a... ¡Cuidado con estas promesas, porque los hijos
son maestros en este tipo de
transacciones y tienen, además, muy buena memoria!. El
chantaje afectivo es un camino escurridizo porque está fuera
de lo razonable y metido de lleno en lo emocional. A veces, lo que logramos
es enseñarles cómo tienen que actuar si quieren lograr
algo de nosotros.
B.
¿Cómo podíamos intervenir mejor, en el momento.
de la explosión agresiva de los hijos?
Tengamos en cuenta como reflexión previa que los conflictos son
inevitables, y no se resuelven atendiendo una de las dos partes en conflicto
y machacando la otra.
Tenemos un conflicto cuando chocan dos realidades valiosas, que son
contrarias entre sí para realizar al mismo tiempo.
Por ejemplo, tenemos un conflicto cuando:
Los caprichos chocan con las normas.
El individualismo choca con la convivencia.
Las apetencias, con las prohibiciones.
La comodidad, con el esfuerzo.
Los deseos, con las renuncias.
La independencia, con la obediencia.
El gusto, con el aplazamiento.
El principio placer choca con el principio deber, y surge el conflicto.
Son realidades que, como otras muchas, no se llevan bien, y nos crean
conflicto.
Por
eso, la superación del principio acción-reacción
se va consiguiendo mejor a base de tejer contrarios negociando cómo
hacerlo y en qué momento y con qué prioridad, que pretendiendo
cortar los conflictos imponiendo o machacando uno de los elementos en
conflicto.
Algunas
estrategias para intervenir ante una explosión de agresividad
de los hijos.
PRIMERO:
Mantener la calma.
Si
los gritos, peleas, lloros, ruidos, malos modos, desobediencia... de
los hijos se apoderan de nosotros, estamos perdidos porque se alborotan
nuestros sentimientos y nos quedamos muy mal dispuestos para responder.
Por eso, cuando nos desborda una explosión de agresividad de
los hijos, en lugar de estallar, comencemos a contar despacio: uno,
dos...
La única excepción a esta regla es si peligra la integridad
física de las personas.
SEGUNDO:
Tener claro de quién es este problema o esta explosión.
Tras la calma, lo primero que hay que preguntarse no es : - Cuál
es el problema que tengo que solucionar ahora. Eso debe plantearse después.
Hay que comenzar preguntándose: - De quién es este problema;
a quién corresponde este problema.
Según sea la respuesta a este pregunta será la intervención.
Si el problema que han creado otros nos lo apropiamos nosotros, pensaremos
que somos nosotros quienes debemos cargar con el problema.
Si lo hemos creado nosotros, debemos resolverlo nosotros. Pero, si el
problema lo han creado los hijos, lo deben resolver ellos, aunque nosotros
seamos sus acompañantes y árbitros. Para eso hay que evitar
ser parte del problema.
Esta
actitud educativa puede que no tenga un efecto tan inmediato como si
lo resolviéramos nosotros por el camino corto -como hemos visto
anteriormente-, pero el aprendizaje es más duradero y positivo.
Si
los hijos se pelean, es un asunto suyo. Nosotros somos intermediarios.
Si nuestro hijo tiene una explosión de ira, la explosión
es suya. Nosotros somos moderadores.
Si el hijo ha desobedecido, la desobediencia es suya. Nosotros somos
sus acompañantes educativos.
Si el hijo suspende, el suspenso es suyo. Nosotros somos quienes vamos
a ayudarle a superarse.
Ver
las cosas desde fuera, es verlas con otra perspectiva y contar con un
abanico más amplio de estrategias para intervenir de forma más
serena que si quedamos atrapados en el conflicto.
Acercarnos a la fuente de las agresiones con más serenidad y
menos implicados, nos posibilita una mejor escucha para atender mejor
a quienes forman parte del conflicto.
Tengamos
en cuenta que los hijos son grandes expertos en crear problemas, sobre
todo cuando saben por experiencia que se los vamos a resolver nosotros.
TERCERO:
Mantener el contacto con el hijo buscando su sinceridad, al mismo tiempo
que indagamos cuál es el problema.
Para
esto suele ser útil:
1. Mirarles a los ojos poniendo nuestra mirada a la
misma altura que la suya; es decir, buscando el encuentro de su mirada
con la nuestra.
El contacto visual acentúa su atención y busca la sinceridad.
Entonces, podemos captar mucho mejor lo que realmente pasa, y ellos
pueden darse cuenta de si nosotros nos creemos o no lo que nos dicen.
También vale mucho el silencio marco: unos segundos de mirada
fija y en silencio.
2. Acogerlos.
Nuestra postura corporal y nuestros gestos han de reflejar sintonía
con los hijos.
Si deseamos que se controlen no 10 lograremos con ademanes autoritarios
y con expresiones rígidas. Será mucho mejor aproximamos
a ellos con ademanes afectivos.
Su respiración nos servirá de pauta indicadora de su excitación
o de su calma.
3.
Bajar el tono de la voz.
El tono de nuestra voz es importante.
Es posible que los hijos estén tan alterados que no nos escuchen,
pero si nos ponemos a hablar en su volumen de voz, corremos el riesgos
de perder los nervios y complicarlo todo.
Pongamos un tiempo por medio, hagamos respiraciones prolongadas e intentemos
hablar en tono más bien bajo.
En esos momentos hablemos poco, con palabras claras y sosegadas... comenzando
a preguntar qué ha pasado.
4.
Actuar con firmeza, seguridad y decisión. La falta de
firmeza en los padres estimula las excusas de los hijos para alargar
sus explosiones y más en esos momentos. Tampoco hay que dar muchas
explicaciones ni hacer consideraciones teóricas hasta que no
se inicia la calma.
5.
Siempre que sea necesario poner limites y exigir un comportamiento
adecuado.
QUÉ
APRENDEMOS DE LA EXPLOSIÓN DE LA AGRESIVIDAD.
Pues, podemos aprender que para poder comunicamos bien con los hijos
después de un conflicto tenemos que tener antes relaciones de
empatía con ellos.
Es decir, que tengan la seguridad de que estamos con ellos, no contra
ellos; que no se sientan juzgados con juicios de eres bueno, eres malo...
y dejarles siempre claro que les queremos a pesar de la agresividad
o de las conductas que tengan, que les valoramos por 10 que son, más
que por determinados actos. Para ello, hemos de estar serenos, con poca
tensión interior y, desde luego, ninguna exterior
|
|