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nº 4 octubre 2006
   
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Educar


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Educar las conductas agresivas de los hijos

A lo largo de tres capítulos, vamos a abordar las calves para comprender y abordar la agresividad en nuestros hijos.
La agresividad es una pulsión vital que toda persona necesita para vivir. Es como una olla a presión que, si cuenta con válvula de escape, no tiene por qué explotar ni ser peligrosa. Todo lo contrario, la olla a presión es muy útil cuando funciona adecuadamente.
Si nuestra energía se manifiesta en forma positiva es vida y crecimiento. Si por el contrario, se manifiesta de forma negativa, es destructiva.
Con frecuencia se identifican agresividad y agresión cuando en realidad sólo la agresión es una manifestación negativa de la agresividad.
Cuentan que los indios siux ataban a sus hijos a un poste, y los dejaban allí, atados, largas horas. Al soltarlos, les ponían una lanza en la mano y los empujaban a la lucha. Aquellos muchachos que habían estado inmovilizados acumulando tensión, salían a luchar como los más feroces guerreros.
A poco que nos fijemos, podemos caer en la cuenta de que estamos hablando de nuestra forma de actuar con los hijos: - ¡No corras! ¡No hables así! ¡No saltes! ¡No grites de ese modo! ¡Ten cuidado, no vayas a romper...! ¡No toques eso! ¡No manches! ¡Estate quieto y sentado ahí hasta que te diga! ¡No pises por ahí!
Solemos restringir su libertad de movimientos y su espontaneidad con la intención loable de enseñarles buenos modales y comportamientos sosegados.
No llegamos a ser tan rotundos como los siux, pero cuando los hijos se sienten demasiado controlados, pueden hacerse agresores al sentirse atados al poste como sus compañeros indios. No llevan lanza, pero pueden volverse violentos porque están en estado de tensión.
Los hijos necesitan cauces para soltar su energía vital, y necesitan aprender a hacerlo, y a hacerlo bien. El reto educativo está en enseñarles a expresar su agresividad de forma positiva, más que a reprimirla.
También sucede lo contrario: que la tensión acumulada se vuelva hacia el interior y se convierta en somatización funcional, o en conductas de pasividad, de tristeza, de auto estima negativa.
Podemos decir, entonces, que la agresividad manifestada hacia afuera es una explosión, mientras que la orientada hacia adentro, es una implosión.

Proximo capítulo: como controlar y comprender los episodios de explosión


 

 

 

 

 

 

 

 

     
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